Por Milagros Soriano Pastor Concejala del Grupo Municipal Socialista de Fuengirola
Hay algo que lleva tiempo inquietándome y que estos últimos días me cuesta especialmente apartar de la cabeza. No es solo lo que está ocurriendo. Es la facilidad con la que ocurre, lo comentamos durante unas horas y seguimos con nuestra vida. Es verdad que vivimos pendientes de muchas cosas y que las obligaciones, las preocupaciones y el cansancio ocupan buena parte de nuestros días. Pero cada vez me pregunto más qué nos ocurre como sociedad para que hechos tan graves consigan ocupar durante tan poco tiempo nuestra conciencia.
En poco tiempo hemos conocido nuevos asesinatos machistas y, al mismo tiempo, hemos asistido en Andalucía a decisiones políticas que afectan directamente a la protección de las mujeres víctimas de violencia machista. Son hechos diferentes, pero al mirarlos juntos hay algo que me cuesta ignorar: mientras todo esto sucede, la vida continúa. La nuestra y también la de una sociedad que sigue tomando decisiones, avanzando y cambiando aunque no siempre nos detengamos a pensar hacia dónde.
Y quizá detrás de todo esto haya una pregunta todavía más profunda. Sabemos cuánto ha costado conquistar muchas de las libertades que hoy forman parte de nuestras vidas.
Precisamente por eso últimamente pienso mucho en la relación entre esa libertad individual y la responsabilidad que también tenemos sobre aquello que compartimos. Hemos aprendido a valorar nuestra capacidad para decidir sobre nuestra propia vida, pero ¿qué lugar ocupa hoy lo colectivo en nuestra manera de entender la libertad? ¿Qué responsabilidad sentimos ante aquello que no nos sucede directamente pero forma parte de la sociedad en la que vivimos?
Pensar en ello me lleva inevitablemente a la historia del feminismo. Ninguno de los derechos que hoy parecen evidentes llegó simplemente porque el tiempo pasara o porque la sociedad avanzara de manera natural. Durante siglos hubo mujeres que se atrevieron a pensar lo que parecía impensable. Mujeres que estudiaron cuando la universidad no era un lugar pensado para ellas, que reclamaron el derecho al voto cuando participar en las decisiones políticas parecía no pertenecerles, que escribieron cuando se esperaba de ellas silencio y que ocuparon espacios que les habían sido negados. Mujeres que se negaron a aceptar como inevitable aquello que era profundamente injusto.
Hay algo de esa historia que me parece especialmente importante recordar. Aquellas mujeres no defendieron únicamente derechos que pudieran llegar a disfrutar personalmente. Muchas sabían que probablemente no verían los cambios que estaban reclamando. Hubo pensamiento, organización, debate, incomodidad y una manera de entender que transformar la propia vida pasaba también por transformar la vida de quienes vendrían después. Quizá por eso la historia del feminismo habla tanto de libertad como de responsabilidad colectiva.Y desde ahí me resulta difícil mirar algunas de las decisiones que estamos viendo estos días en Andalucía sin hacerme preguntas.
Las Unidades de Valoración Integral de Violencia de Género realizan una labor especialmente sensible. Evalúan las consecuencias físicas y psicológicas de la violencia sobre las mujeres, sus hijas e hijos, y valoran también cuestiones relacionadas con el riesgo y la peligrosidad del agresor. Sus informes forman parte de un sistema especializado creado para proteger a mujeres que llegan a las instituciones en momentos de enorme vulnerabilidad.
Hoy la responsabilidad política sobre estas unidades queda en manos de un partido que lleva años cuestionando la existencia de una violencia específica contra las mujeres y que en 2019 llegó a solicitar los nombres y apellidos de profesionales que trabajaban en ellas.
¿Qué significa para una sociedad que quienes asumen responsabilidades sobre un sistema creado específicamente para proteger a las mujeres cuestionen precisamente la realidad para la que ese sistema fue creado? ¿Qué puede significar para una mujer que necesita acudir a esas instituciones? Y quizá haya otra pregunta que también merezca la pena hacernos: ¿qué lugar ocupamos como sociedad ante decisiones como esta?
Cuando pienso en todo ello vuelvo muchas veces a mi madre y a mis tías. Recuerdo la fuerza con la que hablaban del futuro y aquella certeza de que lo que hacían, por pequeño que pareciera, podía contribuir a cambiar las cosas. No creo que aquel tiempo fuera mejor ni quiero idealizarlo. Pero sí me pregunto qué había en aquella forma de entender la vida en común que hoy me cuesta más reconocer a mi alrededor.
Quizá no se trate de mirar al pasado, sino de mirar con más atención el presente. De preguntarnos qué hacemos con aquello que vemos, qué espacio dejamos en nuestra vida para lo que sucede a nuestro alrededor y hasta dónde sentimos como propio aquello que también afecta a otras personas.
Porque mientras seguimos con nuestra vida, muchas cosas siguen ocurriendo. Y quizá merezca la pena preguntarnos cuáles estamos dispuestas a dejar pasar.