Fuengirola ‘Un sol de ciudad’ a la sombra de sí misma

Por Trini Gómez | portavoz del grupo municipal del PSOE Fuengirola

Hay fotografías antiguas de Fuengirola que cuentan una historia que merece ser observada con detenimiento. No porque retraten una ciudad perfecta, sino porque muestran algo que hoy parece cada vez más escaso: la sutil arquitectura de la hospitalidad, esa capacidad tan nuestra de hacer de la calle una extensión del propio hogar.

Calles con sombra, plazas que invitaban a la conversación vecinal, recorridos amables para caminar incluso durante los meses más cálidos. No era únicamente una cuestión estética; era el instinto de una ciudad que sabía que, en el Mediterráneo, el urbanismo es el arte de gobernar el sol.

Es imposible no mirar atrás sin que nos venga a la memoria una estampa tan nuestra como la de la zona del Monumento Romano, en Los Boliches. Allí, bajo unos árboles frondosos que regalaban una sombra espectacular, se citaba la vida del barrio: las mujeres se reunían a la frescura de una de las arboledas y los hombres hacían lo propio bajo otra. Con ese ingenio tan propio de nuestra tierra, bautizaron aquellos espacios como «el Congreso» y «el Senado». Mientras tanto, los niños jugábamos en una Plaza Castilla viva, envuelta en césped y coronada por unas fuentes tan emblemáticas que era incluso el escenario para las fotos de primera comunión. Saltábamos del juego en el parque a buscar a nuestros mayores, a nuestros abuelos, a pedirles aquellas cien pesetas para correr al kiosco a por chucherías. Estaban allí: conviviendo, hablando de la vida, tejiendo comunidad a salvo del calor. Esa era nuestra normalidad.

Y supongo que, como esta estampa de Los Boliches, muchas personas recordarán en otros rincones de nuestro pueblo algo muy parecido; esquinas, plazas y calles que guardan la misma memoria de una Fuengirola que se habitaba de otra manera.

Hoy, desgraciadamente, el paisaje es muy distinto. En demasiados barrios, la alternativa bajo el sol es un desierto de asfalto donde el peatón se siente un náufrago buscando un oasis. Puede parecer un detalle menor, pero la pérdida de esos pequeños templos cotidianos revela un retroceso silencioso en nuestra forma de vivir. Ante esta realidad, la prioridad de la gestión pública no puede medirse en toneladas de hormigón, sino en la salud y el bienestar de sus barrios.

Durante décadas hemos asociado erróneamente el progreso a la ocupación intensiva y dura del espacio. Más superficie construida, más pavimento, más asfalto. Poco a poco, la vegetación fue perdiendo protagonismo y el suelo natural quedó sepultado bajo una armadura gris. El resultado no es solo un cambio en el paisaje urbano; es una mutación en nuestra forma de convivir. Nos hemos acostumbrado a una ciudad que expulsa en lugar de acoger.

Cada verano se hace más evidente. Calles que acumulan calor durante horas, plazas que se vuelven inhóspitas para la charla, espacios públicos que dejan de cumplir plenamente su función porque sencillamente se vuelven difíciles de habitar. Y cuando el espacio público deja de ser confortable, la ciudad pierde su alma.

Porque las ciudades no son únicamente edificios, calles o infraestructuras. Son también, y, ante todo, los lugares donde se desarrolla la vida cotidiana. Y es precisamente aquí donde el urbanismo del pavimento nos separa: cuando el calor extremo aísla a nuestros mayores en sus casas, cuando la falta de sombra impide que los niños jueguen en los parques y cuando las plazas duras rompen la conversación y el encuentro entre vecinos. Cuando esos espacios dejan de ser acogedores, las consecuencias trascienden lo urbanístico para convertirse en una grieta social.

A menudo el debate se reduce a la presencia o ausencia de árboles. Sin embargo, el problema es mucho más profundo. Los árboles son quizá el elemento más visible, pero una ciudad saludable no se construye únicamente plantando ejemplares aislados que apenas logran echar raíces. Se construye entendiendo que la ciudad es un organismo vivo: si el suelo no respira y el agua se asfixia, las calles enferman.

No se trata de observar con resignación cómo la improvisación nos deja una ciudad cada vez menos habitable. El reto actual es asumir el liderazgo y la visión política necesarios para revertir ese rumbo.

Debemos situar a Fuengirola en la vanguardia de las ciudades que ya no hablan únicamente de estética superficial. Hablamos de una verdadera infraestructura verde y azul. De recuperar superficies permeables capaces de absorber el agua de lluvia en lugar de expulsarla hacia el mar. De aprovechar esa agua para alimentar la vegetación, aliviar las temperaturas extremas y hacer que nuestras calles vuelvan a ser transitables en los meses más duros. Hablamos de corredores ecológicos y de espacios públicos diseñados con rigor técnico para reducir esa fiebre de cemento que hoy sufren nuestros barrios más masificados. Hablamos, en definitiva, de trabajar con la naturaleza en lugar de intentar sustituirla.

Por eso resulta incompleto responder al reto climático únicamente mediante medidas temporales. Los toldos pueden generar sombra. Nadie lo discute. Pero la sombra es solo una parte de la ecuación. Una lona no enfría el aire, no mejora la calidad ambiental, puede aliviar un problema puntual, pero difícilmente resuelve el problema de fondo. Un toldo es un analgésico, pero Fuengirola necesita una cura.

La verdadera pregunta, por tanto, no es cuántos árboles plantamos ni cuántas estructuras provisionales instalamos. La pregunta es qué modelo de Fuengirola estamos construyendo para el futuro.

Porque cuando existe un modelo, las piezas encajan entre sí. La movilidad se relaciona con el urbanismo. El urbanismo con las zonas verdes. Las zonas verdes con la gestión del agua. La gestión del agua con la adaptación climática. Todo forma parte de una misma estrategia orientada a mejorar la calidad de vida de quienes habitamos la ciudad.

Cuando no existe ese modelo, lo que impera es la respuesta reactiva. Es el urbanismo de la urgencia: un toldo para compensar la falta de arboleda; una obra para corregir la anterior; un aparcamiento aislado que responde a una prisa electoral. Y así, poco a poco, la ciudad deja de construirse como un proyecto común para convertirse en una suma de intervenciones inconexas.

Una ciudad a trozos.

Quizá dentro de veinte años alguien vuelva a recorrer las calles de Fuengirola inmerso en el verano. Como tantas personas lo han hecho antes. Y entonces, de nada habrá servido el decorado provisional que hoy encontramos.

Llegados a ese punto, la reflexión será mucho más sencilla: si supimos, desde hoy, hacer las cosas con sentido, con luces largas, más allá de la siguiente ocurrencia, de los remiendos antes de las elecciones o de las fotos de cara a la galería. Al fin y al cabo, el mayor síntoma de que un proyecto ha llegado a su límite es la repetición constante de las mismas fórmulas. Cuando la gestión se agota, se confunde la inercia con el futuro.

Frente a esa deriva, la alternativa es clara: un modelo de ciudad diseñado de la mano de la ciudadanía y enfocado en lo que de verdad nos une. Poner el rumbo en lo importante para alcanzar, por fin, una Fuengirola que merezca ser vivida.