Por Milagros Soriano Pastor | Concejala Grupo Municipal Socialista Fuengirola
Cada 28 de mayo se conmemora el Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres. Una fecha que no nació de la casualidad, sino de la lucha colectiva de mujeres feministas de distintos países que decidieron levantar la voz para denunciar una realidad histórica: la salud de las mujeres había sido invisibilizada, infravalorada y tratada desde una mirada profundamente masculina.

Gracias a esos movimientos de mujeres, hoy hablamos de salud con perspectiva de género. Y aunque todavía queda mucho camino por recorrer, también es importante reconocer todo lo que se ha conseguido.
Porque durante siglos la medicina y los sistemas sanitarios se construyeron tomando al hombre como referencia universal. Los estudios clínicos, los síntomas analizados, los diagnósticos, los tratamientos e incluso la investigación científica se hicieron sin tener en cuenta las diferencias biológicas, hormonales, sociales y emocionales que afectan a las mujeres.
Y eso no es casualidad. Es consecuencia de un sistema patriarcal que atraviesa también las estructuras sanitarias y científicas.
Las mujeres hemos tenido que escuchar demasiadas veces que nuestro dolor era “ansiedad”, “estrés” o “cosas hormonales”. Hemos vivido diagnósticos tardíos, enfermedades invisibilizadas y una falta histórica de investigación en cuestiones que afectan directamente a nuestra salud y calidad de vida.
Por eso este día no es solamente una efeméride. Es una reivindicación.
Es reconocer a todas las mujeres y organizaciones feministas que han conseguido avances fundamentales: el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos, la ampliación de programas de prevención y cribado, la incorporación de la perspectiva de género en políticas sanitarias, la lucha por una maternidad respetada, la visibilización de la salud mental de las mujeres o leyes como la de salud sexual y reproductiva y la interrupción voluntaria del embarazo impulsadas por gobiernos progresistas.
También gracias a esas luchas hoy hablamos más claramente de menopausia, endometriosis, violencia obstétrica, salud menstrual o corresponsabilidad en los cuidados. Temas que durante demasiado tiempo permanecieron en silencio.
Pero no podemos conformarnos.
Defender la salud de las mujeres también significa defender una sanidad pública fuerte, humana y accesible. Porque cuando se debilita lo público, las desigualdades aumentan. Y quienes más lo sufren suelen ser las mujeres, especialmente las más vulnerables.
En Andalucía hemos visto recientemente cómo miles de mujeres han sufrido retrasos y fallos en programas de cribado de cáncer de mama, generando angustia, incertidumbre y consecuencias que nunca debieron producirse. Detrás de cada demora no hay números: hay mujeres, familias y vidas que no pueden esperar.
Por eso cuidar la sanidad pública no puede convertirse en un eslogan vacío. Tiene que ser un compromiso político y social real. Invertir en prevención, reforzar la atención primaria, garantizar profesionales suficientes y proteger los programas de detección precoz salva vidas.
Hoy quiero agradecer especialmente a los movimientos feministas y a todas las mujeres que, desde hace décadas, han tenido el valor de organizarse, señalar las injusticias y abrir caminos para las que vinieron después.
Gracias a ellas vivimos en una sociedad más consciente, más igualitaria y más humana.
Y gracias a ellas seguimos entendiendo que la salud de las mujeres no es un tema secundario: es una cuestión de derechos, dignidad y justicia social.